Son las doce del mediodía, buena hora para que nuestro pastor de ovejas se siente bajo la sombra de su nogal preferido y deje que sus serviles perros tomen pleno mando del rebaño.Se hunde el pastor en el abismo de su corazón, sin sacrificios, solo porque así le viene. Hace ya tiempo que comenzó a pensar en su vida, en por qué no es abogado y sí pastor, en por qué prefiere ese nogal y no aquel otro. Nuestro pastor es joven, pero ya está curtido; ha tenido tiempo.
En la escuela no hizo más que aprender a escribir, a sumar y a restar, y a equivocarse en dividir. Su profesor nunca creyó en él. Tampoco le importó. Él tenía un sueño que ahora es suyo: unas ovejas a las que cuidar, una sombra que gozar y tiempo, tiempo para él.
Tiempo en el que pensó en lo que desde pequeñito le empezó a contar el párroco del lugar, en aquella historia de Adán y Eva, en el pecado, en la muerte de Jesucristo. Después vino Dios, explicación suprema de Todo y de todo. Pesadilla opresora fue creer en Él, pero aún más la de dejar de creer. La tragedia del vacío llegó más tarde, la nada del yo. Intimó con la duda. ¿Qué otra cosa podía hacer? Sabiduría obtuvo de todo ello.
Y así ha llegado hasta la sombra de su nogal. No ha necesitado a Sócrates para saber que nada sabe, ni a Sartre para descubrir que está condenado a ser libre, ni tan siquiera al bigotudo de Nietzsche para llegar a la conclusión de que el cristianismo es la farsa más grande de toda la historia de la humanidad.
Su vocabulario es escaso. No tiene palabras para enredarse, pero sí el tiempo y la ductilidad de un niño para saberlo aprovechar. Todas las tardes, con su queso y su tinto, con su llanura y su sol, crea y destruye pensamientos, y solo son suyos los que tiene.
Unos kilómetros más al norte, un joven estudiante de filosofía conduce su ciclomotor por la ciudad camino de la facultad. No quiere perderse las lecciones magistrales del Dr. Filósofo. Nuestro alumno busca respuestas que él mismo es incapaz de darse, por eso eligió esta carrera, más por impotencia que por deseo.
Por las tardes, se deja las dioptrías en cientos de libros que le recomiendan. Descubre la epojé y la afaxia de los escépticos, el Jardín de Epicuro, que Sócrates no quiso salvarse de beber la cicuta... Y, sin embargo, no entiende nada. Desbordado se siente ante tanta trascendencia condensada. Mil preguntas aguardan sus respuestas pero por más que trata de pensar de algún modo sólo obtiene la melancolía del que no halla sentido a la vida.
Trata de ser fuerte y no rendirse. Una y otra vez regresa a la lectura de los grandes pensadores de la historia, que le obligan a hacerse preguntas para las que aún no está preparado, guiándole por caminos que nota que no son suyos.
Y todas las noches, al acostarse, llora de rabia cada vez que escucha como el silencio retumba en su corazón, porque es nada lo que tiene. El pobre aún no sabe que quiere ser pastor.
Y todas las noches, al acostarse, llora de rabia cada vez que escucha como el silencio retumba en su corazón, porque es nada lo que tiene. El pobre aún no sabe que quiere ser pastor.